Ensamblajes improbables. Entrevista a Elisa Cordua
La primera obra que vi de Elisa Cordua eran unos conejos desollados. Uno se encontraba sobrepuesto en una especie de banqueta, y como el contexto era una feria de arte, el soporte se mimetizaba con los demás asientos dispuestos para los galeristas que precedían cada stand. El gesto de Elisa Cordua era la única cosa desconcertante o que salía de la norma que vi en el lugar. De alguna manera, la calidad de objeto de descanso del banquillo, sobre todo en un ambiente a ratos abrumador como lo son las ferias de arte, se interrumpía de golpe con el animal a medio trasquilar, cual Marsias desafiando la elevada solemnidad de Apolo, que este caso sería la estilización neutral y sobria del mercado del arte.
También hay otra de sus obras recientes que me ha impactado fuertemente. Se trata de un cuerpo humano, entre infantil y adolescente, desmembrado color cobre. Estrellado se titula la obra. Este cuerpo, que bien parece un trozo humano con quemaduras a carne viva, tiene marcas de estrellas de cinco puntas sobre la superficie rostizada de la piel. Nuevamente se confrontan dos polos opuestos. La frágil carne sacrificada versus la inocencia casi infantil de las estrellas. Conozco pocas obras contemporáneas que aborden la crueldad de forma tan clara y a la vez silente. Para hablar sobre estas imágenes instalativas y sobre su producción como artista, he invitado a Elisa Cordua a conversar mientras nos tomamos un café de paso.
Diego Maureira (DM): ¿Por qué trabajas con animales?
Elisa Cordua (EC): Porque siempre ha existido una tradición de usar lo animal como espejo de lo humano. Los animales tienen una potencia anatómica distinta y me interesa pensar cómo nos relacionamos hoy con ese cuerpo cuando está deteriorado o muerto. El animal suele ser nuestro primer contacto con la carne. Vemos cómo muta y desaparece. En cambio, el cuerpo humano es más oculto. Para mí trabajar con esas imágenes viene de una necesidad de adaptación a los cambios, al desgaste natural del cuerpo. También es una forma de estudio introspectivo: observar distintas morfologías para comprender sus procesos de transformación.
DM: ¿Has vivido alguna experiencia que te haya llevado a ese motivo?
EC: Bueno, la muerte es algo que nos marca a todos. El hecho de que los cuerpos sean orgánicos y se descompongan es un suceso muy “colosal” y una preocupación constante en mi trabajo. Con cada experiencia mortuoria que he experimentado, humana o animal, me obsesiona la apariencia de ese proceso. Por eso busco formas y materiales que de alguna forma fosilicen lo que se desvanece. Tampoco con un afán de impactar con la muerte, al contrario, me interesa que esas experiencias queden enterradas en la obra.
DM: Entiendo que hay un juego con las texturas y las representaciones que es muy especial, en ese sentido, ¿cómo se da tu investigación en términos materiales?
EC: Primero, me interesa explorar la presencia del cuerpo a través de la ausencia. Los objetos cotidianos como camas, muletas o prótesis, que están diseñados para acompañar la morfología corporal, cuando los intervengo y altero su función, parecen preguntar: ¿ahora qué cuerpo debería ocupar este espacio? Sobre los materiales, me interesa mucho la relación entre lo natural y lo artificial, que parecen opuestos pero comparten muchas experiencias. Laura Tripaldi plantea comparaciones de este tipo entre materiales y organismos vivos, como la piel, que es muy distinta al poliestireno, pero ambos están compuestos por pequeñas unidades organizadas que aíslan y estructuran. Me gustan mucho esas semejanzas inesperadas, entre una célula de piel y una partícula de plumavit, por ejemplo. En mi obra uso mucho la adhesión entre materiales distintos. Cerámica con vellón, plásticos con madera, pinturas y textiles, y me interesa observar cómo envejece cada uno, cómo reaccionan al tiempo y a la tensión. En el fondo, son ensamblajes improbables, donde materiales y objetos que culturalmente no se relacionan empiezan a compartir experiencias y vulnerabilidades.
DM: ¿Y cuáles son tus métodos de trabajo, tu rutina?
EC: Mi trabajo parte mucho desde la nostalgia. Volver a las imágenes que me impactaban de chica, encontrarme con un animal muerto o con escombros, por ejemplo. Y cachar que eran experiencias colectivas, parte del paisaje, y que hoy revisito con más atención. También me he dado cuenta de que suelo hacer una suma muy básica de elementos que me rodean. Onda, objeto cotidiano más material no cotidiano, igual signos de pregunta. Eso en cuanto a ideas, después viene el dibujo, que es una etapa súper importante para mí. Imaginar las piezas emplazadas, probar escalas, todo eso. También es un momento que comparto mucho. Suelo mostrar esos primeros bocetos a mi familia. Algunos tienen relación con el arte y otros no, pero justamente por eso sus opiniones son importantes. Es un privilegio poder compartir las ideas en ese espacio tan cercano. En la etapa de construcción, el proceso varía mucho. Lo bueno de la escultura es que es muy abierta a distintos oficios. Hay momentos introspectivos, como cuando estoy moldeando cerámica, que es de mis partes favoritas porque implica concentración y tiempo propio, pero también disfruto mucho colaborar con personas especializadas en madera, piedra o metales. Antes no quería mandar a hacer cosas, pero ahora me encanta pedir ayuda, se generan relaciones, a veces casi de tutoría.
DM: ¿Tienes referentes del arte, cine, literatura, que consideres relevantes?
EC: Del arte siento que mis referentes provienen de un mismo árbol genealógico: Joseph Beuys, Hilma af Klint, luego Bruce Nauman, Eva Hesse, Mark Manders, Urs Fischer, David Altmejd, por nombrar algunos de mi “dream blunt rotation”. En Chile, exposiciones que me han motivado mucho son las de Cristián Salineros, Alejandra Prieto o Paulina Mellado, así como la influencia de profesores que tuve, como Osvaldo Peña y Magdalena Atria, entre otros. El cine es una fuente muy confiable de inspiración, he tenido algunos referentes directos como Dead Man de Jim Jarmusch, El cielo sobre Berlín de Wim Wenders, Crimes of the Future de Cronenberg. El año pasado vi dos películas que me marcaron mucho: Bird de Andrea Arnold y Black Dog de Guan Hu. En general busco películas medias esperanzadoras, con dosis de humor, cuerpos vulnerables, animalidad y paisajes como estados mentales. También que traten el duelo de forma creativa, como This Must Be The Place de Sorrentino. También me interesa tomar referencias de películas más fantasiosas, como Drácula de Coppola, El Señor de los Anillos y Harry Potter.
DM: ¿Y hacia dónde encaminas actualmente tu obra?
EC: Tengo varias intenciones pero me he dado cuenta que todas recaen en que quiero un taller como el de Anselm Kiefer y un millón de herramientas que no tengo. Quiero empezar a pensar las esculturas como un conjunto, con iluminaciones más específicas y pensadas para lugares concretos, en lugar de como piezas aisladas. Vengo saliendo de la dinámica universitaria, donde todo estaba pensado para salas de clases y entregas individuales, por lo que me motiva explorar espacios menos tradicionales. También me interesan temas que antes no consideraba importantes o necesarios en mi práctica, como lo medieval y lo fantasioso. Me casé con lo animal y con temáticas darks, y no me molestan, pero es necesario variar. Pienso en un juego de tonalidades, en imaginarios que son tiernos pero inquietantes, materiales inertes pero misteriosamente animados, cuerpos diferentes pero no tanto, como el animal y el humano, seguir en esa línea.














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