Crepitar el horizonte

Sólo unas pocas veces –muy pocas,

por cierto– el cosquilleo

 

deriva en un derrumbe

de proporciones, donde

 

las piedras crepitan

y se parten en dos.

Andrés Urzúa de la Sotta.

Una noche de otoño, en el frío y la oscuridad de lo que alguna vez fue un regimiento de caballería, se distingue un recinto blanco e iluminado. En su interior se escuchan pequeños murmullos que afilan el silencio del espacio imbuido. Luego, al subir la mirada, se ven discos duros, lupas, piedras y un lienzo impreso por el artista Matías Serrano. Se trata de una exposición de arte titulada Hablar con extraños, la primera de varias que se presentarán en la recientemente inaugurada Galería Micromedios, ubicada en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) de la Universidad de Chile.

Galería Micromedios es un espacio de arte suspendido en el segundo piso del bloque B de la FAU, entre dos hileras de talleres que cada día ocupan las/os estudiantes de arquitectura para sus diseños y maquetas. La sala de exhibición se encuentra a cargo del diseñador e investigador Vicente Domínguez, quien además ofició como curador de esta muestra. La estructura de esta galería es un antiguo pasillo, conectado por dos puentes que funcionan como vías de entrada y salida, dependiendo del sentido en que camine el espectador o paseante, en dirección a algún lugar de la FAU.

Hablar con extraños condensa un proceso de largo aliento, en el que el artista sostuvo conversaciones con distintas personas que se cruzaron en su camino durante dos años, a propósito de la experiencia de sentirse extraño en diferentes contextos, estados y momentos de la biografía. Algunos de sus interlocutores nacieron en juntas de amigos y circunstancias casuales, de esas donde uno no espera necesariamente volver a ver a quien se tuvo al frente durante algunas horas de la noche. No obstante, siempre y cada cierto tiempo hay relatos que punzan y en lugar de dejarlos en la memoria, como un recuerdo sedimentado, o de contarlos a otros a modo de anécdota, Serrano insistió y convocó a once personas, con quienes se reunió individualmente, para volver a escuchar y rescatar una parte de aquellas historias despedazadas.

Al principio, tal como relata el autor de estas obras, prefirió escuchar y no cortar la fluidez del hablante con la presencia de su micrófono. Así, cada día luego de una escucha, Matías Serrano debía inscribir el diálogo en su memoria y anotar lo que recordaba a partir de la voz del otro[1]. Parte de ello se puede visualizar en las 238 trazas de escucha impresas sobre un gran lienzo blanco y horizontal que cuelga desde el techo de la galería, donde abundan frases sólidas, sin contexto ni espacios de separación entre cada palabra dicha.

Con el paso del tiempo, el micrófono ingresó a la escena y entre 2021 y 2023, el autor logró juntar largas horas de sonido. Escuchar, recordar y transcribir sobre una superficie táctil no es lo mismo que grabar una voz. Existen velocidades y coexistencias diferidas entre ambas formas de registro y el primero siempre resulta más familiar, dispuesto en un volumen y extensión conocida. En cambio, el acopio sonoro de voces múltiples puede adquirir rápidamente otra magnitud y envergadura. Si bien siempre hay elementos que se pierden, la relación entre ambos formatos del recuerdo cambia su pervivencia y efecto en quien los recibe. Por ello, tras comprobar la extensión de este acopio de voces, Matías Serrano concluyó: “no hay posibilidad de almacenar la complejidad de experiencias que viví junto a las personas con que dialogué, sino sólo ciertas dimensiones. La sonora es una de ellas y estará siempre limitada por la sensibilidad del micrófono que utilicé”.

Insertos en estructuras de metal ancladas a las paredes de la sala, se encuentran los aparatos que reverberan las voces acumuladas por el artista. Cada uno, además, se presenta bajo una visión aumentada por lentes de vidrio cuadriculares. Son discos duros intervenidos y despojados de sus carcasas, de tal manera que ya no aguardan archivos y documentos encapsulados bajo el plástico, sino que ahora despliegan sus cuerpos abiertos y convertidos en altavoces, que traducen las bandas de experiencia sonora. Situarse frente a un disco duro revelado a tajo abierto y escuchar el sonido que es capaz de reproducir cada uno de sus órganos, se convierte en una presencia inesperada en la sala. A la vez que se trasluce una maquinaria desconocida –visualmente amplificada por la lupa que expande el brazo mecánico y plato interior– la frecuencia entre la bobina y el imán de cada disco duro es llevada a un grado límite de la amplificación, que logra propagar la resonancia aguda de voces anónimas, a la vez que devuelve la realidad que se refleja sobre la superficie espejada del metal en cada plato interno. Este último además es el lugar donde los discos duros almacenan la información que se les confía[2].    

Junto a los dispositivos de audio, se observa un grupo de piedras de canto rodado, ante las cuales se lee “Puedes recorrer la muestra con una piedra en tu mano”. Se trata de sostener y comprobar la curvatura del mineral mientras se transita por la exhibición, sintiendo su peso y temperatura con las manos, a la vez que se acerca el oído a cada disco duro y así se distingue la nitidez de las frases y palabras registradas, por sobre el rumor vibratorio ambiental que su reproducción general produce, como cosquilleo en el espacio.

Bajo los sonidos, surgen preguntas: ¿Y si pudiéramos reproducir todo el contenido de nuestros discos duros, cada vez más colmados de información, como si fueran sonidos y relatos de familiares y extraños que se encuentran allí en forma de archivos digitales? ¿Saldría o se rescataría algo inesperado e ilegible al código binario? ¿Se liberaría un ápice de alma, fragmento o información, otrora invisible? ¿Hablarían momentos y fuerzas escondidas bajo el receptáculo de información codificada? ¿Se partirían en dos las piedras entre las manos? ¿Terminaríamos hablando con extraños?

* * *

Al mirar hacia los alrededores de la Galería, entre las trazas, murmullos y rumores desplegados por Matías Serrano y desde las alturas de aquella planta elevada en el segundo piso del bloque B de la FAU, se ven los talleres que pueblan esta escuela. Es una oscura y nublada noche de jueves, en la que aún se encuentran estudiantes de primer y segundo a las 9 pm, que contra el reloj, preparan las maquetas y entregas de taller que les serán evaluadas bajo la lluvia que caerá la mañana siguiente sobre Santiago.

Con piedra en mano, escuchamos los rumores y pervivencia de los extraños habitan las obras de Serrano y que en algún lugar de los recuerdos chasquean y dividen la materia de los recuerdos en dos, haciendo crepitar el horizonte de lo conocido, bajo el rescate de una voz única y desconocida.

 

[1] Véase el video Muestra “Hablar con extraños” – Matías Serrano. Galería Micromedios FAU, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=CLcgX8dQ-3o

[2] De acuerdo a las palabras escritas por el curador en su texto a muro, las cargas eléctricas aplicadas a una bobina producen un acto de atracción-repulsión sobre el imán que se ubica al interior de la misma, cuya frecuencia puede ser amplificada en forma de sonido. De tal manera, cualquier dispositivo que contenga un sistema de bobina-imán tiene la potencia de ser un transductor electroacústico y transformar la energía eléctrica en sonido, en este caso, los discos duros transfigurados.

 

[Hablar con extraños de Matías Serrano en Galería Micromedios, curada por Vicente Domínguez]