Un repositorio de palabras puede ser un almácigo de gestos

El polvo nos sube al rostro

El polvo nos sube al rostro

y el polvo nos va siguiendo

y sólo hay sendero y polvo

donde sea que miremos.

Pero como también él

tiene amor y tiene duelo

recoge a los tres las marcas

en testimonios y hueso.

Gabriela Mistral

La estación Chacance (22°23’50″S 69°33’36″O) fue una de las estaciones ferroviarias más aisladas del norte, ubicada en el desierto de Atacama y habitada por su abuelo Pablo Cortés durante más de veinte años. Ella me cuenta que el nombre Chacance viene de los pueblos andinos que ahí habitaron y de quienes descendieron los primeros pampinos; significa “Portal del viento”, me dice. Con ese nombre entiendo harto, hay un encuentro más allá del tiempo, yo la he visto intentar guardar el viento, temerle y deslumbrarse por él. No sé qué habrá sido primero: si buscar el viento para encontrar ese portal o haberse sentido siempre atravesada por él. Sin ir más lejos, su propio nombre refiere a un tipo de puerta y su carta natal dibuja, al centro, un gran rectángulo que se asocia a una puerta también. De cualquier modo, sé que estamos enfrentadas a una serie de gestos para poder invocar, construir o encontrar formas de atravesar –o al menos atisbar– el portal del viento. Tal vez tendremos suerte y el gesto se forjó con tanta fuerza que efectivamente estamos frente a la aparición de un portal y que podríamos –si lo deseamos tanto como ella– atravesarlo.

No se puede negar la existencia de algo palpado por mas etéreo que sea

no hace falta exhibir una prueba de decencia de aquello que es tan verdadero.

El único gesto es creer o no

Algunas veces hasta creer llorando

Se trata de un tema incompleto porque le falta respuesta.

Willie Colon

El ojo sobre la nube

aunque sea de noche y no se distinga

la insistencia de encontrar aquella que se formó

por primera vez

quién sabe la fecha

quién sabe las coordenadas.

Precipitar la mirada

evaporar los límites del cielo

filtrar la imaginación en la observación

condensar la obstinación,

La colección que nace techo arriba.

Con la confianza de quien se mete al mar

mientras una nube cubre el sol

a sabiendas de que nada permanece

tanto tiempo en el mismo lugar.

¿Qué vemos cuando se cierran los ojos luego de haber mirado el cielo por un rato?

Estamos aquí ante un cúmulo de gestos insistentes. Sé que hay deseos de comunicación efectiva, pero todavía no podemos asegurar que así sea. En la época de nuestra fijación con el ciclo hídrico llegamos a la siguiente conclusión: Si es que el agua se transforma constantemente a lo largo del ciclo, es siempre la misma. Por ende, todas las nubes están compuestas de esa misma agua y son, en parte, una misma nube. Así, cada una contiene algo de la primera y, además, se contienen entre ellas. Las nubes que habría visto su abuelo viven aún en las nubes que ella fue a cazar a María Elena.

El ciclo es cadena y me repito en silencio una frase que leí: sólo la nube conoce mi deseo de ser agua.

Soy un atrapador del tiempo.

Atesoro cada detalle cada segundo cada gesto y los grafío en mi cabeza –no

hablo de otros, hablo de la captura del tiempo– no dejo escapar detalle,

segundo, gesto del día, de la tierra, del cielo.

Soy un atrapador del tiempo. El mismo de las cavernas esculpido en millares de

yos. Algunos de mis yos viven en el pasado, otros como yo, conmigo.

Las legiones de los que nos hacen temblar saben que hay millares de

atrapadores del tiempo.

La sabiduría de atrapar el tiempo consiste en sobreponerse al pasado y la

invención de un futuro nefasto.

En el mismo momento que imagino una flor en medio de las ruinas, sé que la

hallaré unos meses más tarde, porque soy un atrapador del tiempo.

Malú Urriola

Desvíos

Ante las preguntas sobre ¿Cómo evocar un entorno desconocido? y ¿sobre qué sucede cuando un paisaje desaparece, cuando el clima ya no es el mismo y sólo quedan recuerdos a viva voz de quienes lo habitaron? propongo escudriñar en el gesto para poder contestar. Entender el gesto –tomando prestado lo que Marie Bardet– como una forma de relación más que solamente como una disposición del cuerpo. A través de estos podríamos habitar con y entre el mundo para navegarlo, abandonando la linealidad y movernos en un sinfín de posiblidades que la superficie topológica nos brinda. No estamos frente a un número de leyes sobre cómo opera la naturaleza, sino al ensayo de posibles taxonomías donde el pensamiento se desborda en el cuerpo y el cuerpo se encarna como pensamiento, los sentidos se entreveran e intentamos leer el viento con toda la piel.

Así es la aproximación a la naturaleza, tiene que ser en relación con el cuerpo constituyéndose como uno y miles de gestos a la vez. De esa manera no podemos sino nombrar la obra como aquel gesto que los traduce y entremezcla a todos, una manifestación de cómo se aprehende un mundo que se desconoce, pero del que se ha oído hablar. Percibir es atravesar y ser atravesadx, dirá Bardet también. Hoy el atravesamiento se nos manifiesta en una serie de intentos para poder construir ese tiempo otro, el tercer recuerdo escribió ella, para poder asir aquello que se ignora.

Entender el cielo –y con él las nubes, el viento y el azul– como un meteorólogo predice el clima, acumulando pequeños gestos para construir lenguajes que tejen pasados, los cuales la habitan como un eco, con confianza en la inexactitud y la apertura al error. Así quizás los gestos nos permitan atisbar respuestas, más la búsqueda de certezas será aquí un deseo yermo. Ni trascendencia ni inmanencia, sólo (como si eso fuera poco) un cultivo de gestos para hacernos de un terruño fértil desde donde poder entender.

Luego de toda una vida dedicada al intelecto, la única evidencia necesaria: que no podemos conocer sino desconociendo, y que eso que llamamos pensar acaso es una forma de enhebrar los hilos del goce y del dolor que se tensan en nuestras manos imbricadas con el mundo.

Marcela Rivera

 

Referencias

Bardet, M. y Haudricourt, A. (2019). El cultivo de los gestos. Entre plantas, animales y humanos. Hacer mundos con gestos. Buenos Aires, Cactus.

Colón, W. (1972). Oh qué será [Canción]. En Cosa nuestra [Álbum]. Nueva York, Fania Records.

Mistral, G. (2016). Poema de Chile. Santiago, La Pollera Ediciones.

Rivera, M. (2022). Lo que la mano da. Viña del Mar, Mundana Ediciones.

Urriola, M. (2022). Vuela. Anales de Literatura Chilena, 23(38), 495-498.

 

[El polvo nos va siguiendo de Macarena Cortés en Casa Palacio]