Afecciones morales tristes: ¿estaré sanando o es solo la fase maniaca?
El estado melancólico tiene en su tradición iconográfica un vínculo con la ensoñación: el melancólico aparece a la espera, reposando el peso del cuerpo sobre la mano o sobre la mesa de trabajo. Esto lo ejemplifican los grabados de Durero y Goya, así como el perfil saturnino descrito por Susan Sontag al retratar a Walter Benjamin. “Afecciones morales tristes” es una de las definiciones que ofrece internet. Pero la melancolía no es solo una disposición del ánimo, sino la tendencia reiterada hacia el pasado y las derivas que esta obstinación suscita −estímulo que algunos artistas profundizan íntimamente−. Como sabemos, el pasado no es un objeto tangible o apropiable. Por esta razón, supone para el arte una fuente ilimitada de motivos sensibles. La llave maestra contra la magnitud de las ruinas. Jorge Teillier, por ejemplo, profesaba la utopía personal de vivir el presente como si viviese en el pasado.
Pero la melancolía no es solo un tema de representación: implica sobre todo un modo de acercamiento a las prácticas creativas y un campo concreto de producción. La cadencia particular de la melancolía nace de la desadaptación y el movimiento a través del plano de las ideas, los sueños y los recuerdos. En ella hay un factor de renuncia inusual vinculado a estados introspectivos que distorsionan el secuestro y distracción del presente. La euforia está en el objeto, no en el sujeto. Por eso se asocia tan fuertemente con la atmósfera y postura que exige la inspiración; la expresión corporal de quien vive un pensamiento intruso del tipo: “¿estaré sanando o solo es la fase maníaca?”. Un espacio psíquico donde el recuerdo se confunde con los sueños, donde lo real y lo ficcional se condensan en una misma cosa.
Joan Joao pone en marcha la estructura clásica de la melancolía: oblicuidad, visiones descartadas y recortes intermedios que aparecen como fantasías del olvido. Evocaciones de algo universal, que compartimos de forma colectiva, como el retorno inconsciente y repetitivo de las imágenes técnicas. Por eso el cine es parte sustancial de Últimos atardeceres en la tierra, su actual exposición en Galería Animal. La obra de Jean-Luc Godard, Wong Kar-wai y Harmony Korine, entre otros directores, se transforma en pintura en la obra de Joan Joao. Arrancadas de su contexto narrativo, las piezas que integran esta exposición son encuadres sintéticos, esenciales, que hablan sobre cintas de un tono particularmente contemplativo. Fuentes de origen material y simbólico que ostentan a priori sus propias memorias masivas. Y a la vez constituyen un objeto pictórico en sí, aislado. Films como Pierrot le fou, In the Mood for Love o Gummo son traducidos y modulados por el artista a través de una expresión gestual rápida, de bosquejo, en algunos casos inacabada.
El título proviene de un relato de Roberto Bolaño, que da cuenta de las vacaciones de un padre y su hijo por las playas de Acapulco en México. Los personajes se desplazan en automóvil sin más expectativas que pasar algunos días de relajo y distensión. El modo en que se relata la historia parece no tener un curso claro debido al predominio de la descripción sobre eventos cotidianos y vivencias que hacen reflexionar al joven protagonista, alter ego del autor, obsesionado entre sus lecturas con el destino perdido de un poeta menor del surrealismo. De manera análoga opera la selección y recorte de Joan Joao respecto a las películas que dan vida a la exposición. En Bolaño la prosa se adueña de los métodos cinematográficos convirtiéndo el texto en un fenómeno audiovisual plagado de notas crepusculares; narra en tiempo real acontecimientos desconocidos pero familiares para el lector.
Las obras de Joan Joao son filtros de observación de la naturaleza visual. Muchas de sus pinturas provienen del universo televisivo así como de plataformas de contenido, y más allá de las pantallas: logos, escudos, accesorios de videojuegos, indumentaria y objetos de la cultura popular, en su mayoría de la primera década del 2000. Si bien la nostalgia envuelve cada uno de sus referentes, Últimos atardeceres en la tierra se desmarca del deporte, la música y la moda −elementos protagónicos en la obra del artista−, centrándose en sus filiaciones narrativas y cinematográficas. Todas las escenas comparten un lenguaje compositivo ligado a un cine en muchos casos divergente o reflexivo, donde el tiempo se manifiesta y encapsula de un modo atípico, a través de la fragilidad psicológica o retórica de personajes sometidos a circunstancias humanas felices y dolorosas; de vacío, amor y soledad existencial.
[Últimos atardeceres en la tierra de Joan Joao en Galería Animal]